sábado, 2 de junio de 2007

El Desencanto: Ética* y metafísica en la forma de hacer política

[Para quien lee esto constantemente:
sí, hace mucho tiempo que no escribía...]

En la "entretenida" cátedra de Ciencia Política estamos desarrollando un entretenido trabajo de solución de crisis. El ejericio consiste en dar soluciones a los distintos ámbitos que componen una situación altamente crítica poniéndonos en los zapatos de un asesor del Ministerio de Interior.
Usted se dirá ¿y a mí qué? Resulta que, cuando el ayudante -el nunca bien ponderado Don Carter- nos comenzó a dar pautas para estas soluciones nos mostró como se actuaba en política, por supuesto, de forma bastante fría: "Si tienen que comprar a tal dirigente no duden en hacerlo, si tienen que enbaucar a tal diputado, enbáuquenlo"; en esto un compañero se molesta y comienza a reclamar por la forma poco ética de enseñar política del profesor que va en contra de la renovación de la forma de hacer política que exige no solo la juventud sino que la sociedad en su conjunto, basada esta más en los ideales y en los principios. A partir de ese momento, se generó una tensa discusión hasta que la clase terminó.

Quizás lo que mis compañeros no entendieron, y que estoy totalmente seguro que la gran mayoría de la gente no lograría (de hecho, no logra) comprender, es que el profesor se refería a un aspecto específico de la forma de hacer política; es esta confusión en donde se encuentra el error fundamental que contiene al desencanto que la sociedad siente para con la política. Muchos dirían ante esto que el punto de vista de Don Carter es terrible, inaceptable, y que lo que correspondería sería que todos tuviéramos una visión de política menos sucia. Ante esto, es mi deber resaltar la diferencia (no es idea original, ya la expuso magistralmente Maquiavello hace varios siglos atrás) entre los dos enfoques que se le deben dar a la forma de hacer política: el ético, el deber ser, y el metafísico, su ser efectivo, la forma en que se concreta.

Desde aquí se origina la crítica descarnada, casi por generación espontánea. ¿Cómo es posible que alguien pueda dejar de lado los principios éticos y las ideologías? y lo que es aún más grave ¿Cómo puede el político alejarse de los intereses del pueblo al que representa cuando realiza políticas, cuando aprueba o rechaza leyes, cuando efectúa jugadas y estrategias? Para contraargumentar no cabe más que preguntar ¿se deben llevar los ideales y/o los principios hasta las últimas consecuencias? ¿Es el cumplimiento cabal (al pie de la letra, casi como un dogma) de estos lo que nos lleva a lo que la tradición tomista y nuestra constitución llama el bien común? Si echamos un vistazo hacia atrás en la historia, específicamente al período de la UP lo que nos quedaría sería la polarización social, su extremismo ideológico y el estancamiento del desarrollo del país (1); al final todas las discusiones políticas se hacían en torno al socialismo y al no socialismo y, a pesar del marcado carácter social de las obras del gobierno de turno, el país no despegó del subdesarrollo en cual estaba sumido y de aquel nos queda nada más que polvo de piedra. Este es, quizás, el caso paradigmático de la forma ética de hacer política de nuestra historia.

Ante lo planteado, ¿cómo hacer coincidir dos ideas totalmente distintas de los objetos políticos (sea el Estado, el Gobierno, la Justicia, etc.) que son efectivas en cada ser social -que existen- de forma que puedan coexistir en un mismo sistema social nacional (2) sin caer la mayoritaria en el absolutismo y la minoritaria a su segregación? Se debe tomar en cuenta que el ser humano es persona (3), haciendo más compleja la situación de la integración. La solución la da una distorsión burda del modelo dialéctico hegeliano de tesis-antítesis-síntesis que solo se llevaría a cabo entre dos ideologías (etc.) por medio de algo práctico (4); la objeción a este sistema es que, habiendo intereses que van más allá del servicio social y del bien común detrás de los grupos o partidos la dialectica no se puede realizar a partir de la racionalidad pura y práctica sino que parte con la satisfacción inmediata de aquellos intereses a través de meras concesiones políticas o por la vía de lo que se denomina coima.

Pues bien, hasta ahí se observa que mi postura es totalmente utilitarista y algunos rasgarían vestiduras ante esto. Mas yo por ninguna parte justifico este tipo de conducta de forma irrestricta. Basados en el sentido de la democracia (el concepto general y no su concepción chavista) y su respeto por las minorías, se debe negociar mercadísticamente con ellas para lograr cumplir los objetivos autoimpuestos por un (su) programa de gobierno, el cual sí es influenciado por una postura ideológica, a través de lo que se encuentre a la mano: de otra forma, la sucia metafísica política al servicio de la sublime ética política (yo siempre lo he dicho: "el político es como quien limpia y ordena la casa: necesariamente tiene que ensuciarce"). Lo que si comparto con mis compañeros que se exaltaron en la clase aquella es que una cosa es la metafísica política al servicio de la ética política y no a la inversa: aceptar y hacer vista gorda de lo que Schaulson denomina La Ideología de la Corrupción, es decir, la metafísica elevada al nivel de ser ética para los políticos (reflejada en la corrupción excesiva, la eminente búsqueda del interés propio o el de los poderes fácticos que le respaldan o cualquier otro tipo de conducta que no se ajuste al sistema jurídico y que no sea ajustado también a la sana y objetiva moral) es de cualquier forma injustificable para todo buen ciudadano que busque con ahinco la renovación de la forma de hacer política.


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(*): no confundir ética (el deber ser de la cosa o concepto) con moral (lo humana y universablemente correcto)

(1): Desarrollo en su concepto íntegro, pero especificamente en la equidad económica.

(2): Quizás se debe abandonar el sentido de lo nacional para pasar tanto de lo regional hasta lo supranacional.

(3): Según la concepción antigua del concepto persona: un hombre, distintos personajes que se mueven en distintas áreas de la existencia humana.

(4): En su Ephistemologya, Aristóteles cataloga a la política como una ciencia y un saber práctico.